Beethoven, Bach y el café: una afinidad tan intensa como su música
Cuando pensamos en los grandes compositores de la historia, es fácil imaginarles frente a un piano, sumidos en su arte, escribiendo sin descanso… pero ¿y si también los imaginamos con una taza de café entre las manos? La historia de la música está llena de curiosidades, y una de las más sabrosas es la relación que algunos genios como Beethoven y Bach tenían con esta bebida.
Beethoven y sus 60 granos
Ludwig van Beethoven era un amante declarado del café, pero lo suyo no era simplemente una afición: era un ritual casi matemático. Según cuentan sus biógrafos, Beethoven preparaba personalmente cada taza y contaba exactamente 60 granos de café para cada infusión. Ni uno más, ni uno menos. Utilizaba una balanza de precisión y se aseguraba de que todo estuviera en su punto.
Este nivel de exigencia puede parecer exagerado, pero no sorprende si pensamos en su carácter perfeccionista. Para él, el café era casi tan esencial como una partitura afinada. Algunos incluso creen que esta meticulosidad en su consumo respondía a una búsqueda de inspiración o claridad mental, algo que muchos cafeteros actuales entenderán bien.
Beethoven vivió en una época en la que el café era símbolo de modernidad y sofisticación. Viena, su ciudad adoptiva, contaba con cafés donde la intelectualidad florecía y las ideas circulaban al ritmo de una taza humeante. En ese contexto, no es de extrañar que el compositor encontrara en el café un aliado cotidiano.
Bach y su “Cantata del Café”
Si lo de Beethoven era un ritual, lo de Johann Sebastian Bach fue, directamente, una obra musical. El compositor alemán escribió en 1734 la Schweigt stille, plaudert nicht, más conocida como la Cantata del Café, una pieza en tono humorístico que satiriza la obsesión por esta bebida en la sociedad alemana de la época.
La protagonista de la obra es Lieschen, una joven que se declara adicta al café: “Ah, ¡el café es delicioso! Más sabroso que mil besos, más dulce que el vino moscatel.” Su padre intenta obligarla a dejarlo, pero ella se niega en rotundo… hasta que él amenaza con no dejarla casarse si no renuncia. Lieschen acepta, pero con trampa: piensa elegir a un marido que le permita seguir bebiendo café.
Con esta cantata, Bach no solo dejó constancia de su sentido del humor, sino también de la popularidad del café en la Alemania barroca. Y aunque no sepamos si él mismo era tan entusiasta como su personaje, el simple hecho de dedicarle una obra completa dice mucho.
Música, café… y pasión por los detalles
Beethoven y Bach comparten mucho más que su genio musical. Ambos vivieron en épocas en las que el café comenzaba a convertirse en parte de la cultura europea, y cada uno, a su manera, lo integró en su vida o en su obra.
Hoy, siglos después, seguimos disfrutando de sus composiciones mientras saboreamos una taza de buen café. Porque hay placeres que nunca pasan de moda, y el café —como la buena música— siempre encuentra un lugar en nuestra rutina.